Jugando con el blanco

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Vacío, silencio, bondad, pulcritud, totalidad. Color dulce, honorable, sublime, lleno de luz, casi divino… Blanco… Es, quizá, el comienzo, la perfección, la honestidad, el bien, la limpieza, lo nuevo, la exactitud, la neutralidad. Totalidad, claridad absoluta, en equilibrio frágil y momentáneo. Absoluto pero fácil de corromper. Más allá de la materia y no sujeto a las imperfecciones de lo terrenal. Pero puede desvanecerse, perder su cualidad inmaculada si cualquier otro elemento entra en contacto con él. Es el más puro y contiene todos a la vez, una pizca de los colores del arcoiris. Contradictorio blanco, único…

Jugando con el blanco y haciendo honor a su capacidad de transmitir, “Painting with White” es la muestra que se puede ver actualmente en el espacio expositivo Room 7 de la Tate Modern compuesta por las pinturas monocromáticas blancas pertenecientes a la colección permanente del museo. Una conversación entre las obras de Li Yuan-chia, Piero Manzoni, Jack Whitten, Robert Ryman, Michael Buthe, Bram Bogart, Mary Martin y Jan Schoonhoven que explora las asociaciones filosóficas, poéticas y espirituales y donde el color se carga de significado e interpretación. Puede resultar extremo, todo blanco, sin nada reconocible, pero el lenguaje de los relieves abre una línea de investigación sorprendentemente rica y versátil en la que la variedad de técnicas, materiales, texturas, superficies, estructuras y formas refleja la capacidad de respuesta del blanco a la luz y la oscuridad. 

El blanco, clave en la pintura

El blanco es clave en la pintura. A través de él, los artistas expresan pureza, inocencia, fuerza. Sin él no puedo imaginarme La Crucifixión, con la Virgen y San Juan Evangelista de luto de Rogier van der Weyden; La joven de la perla de Vermeer; Los nenúfares de Monet; El Guernica de Picasso; el Taj Mahal, Villa Savoye de Le Corbusier; los cuadros de los bañistas de Joaquín Sorolla; El beso de Rodín; Trafalgar Square de Piet Mondrian; Espiral de Mary Martin; Pintura Blanca de Robert Rauschenberg. 

Y mi favorita, un cuadrado blanco flotando ingrávido en un campo blanco, Blanco sobre blanco (1917) de Kazimir Malevich. Fue una de las pinturas más radicales de su época: una abstracción geométrica sin referencia a la realidad externa. Sin formas reconocibles en la naturaleza, Malevich buscaba “la supremacía del sentimiento o percepción puros en las artes pictóricas”. Su obra no es impersonal, ni fría, la textura de la pintura, las diferentes tonalidades de blanco y las líneas que respiran al trazarlas de manera imprecisa genera una sensación de espacio sin límites. Crea en el espectador una sensación de flotación y trascendencia. El blanco, creía Malevich, era el color del infinito y significaba un reino de sentimiento superior, un mundo utópico de forma pura que solo era alcanzable a través del arte no figurativo.

Fotografía: Óscar Rivilla

Música: Electrophorus

Edición: Alexis Fernández en Cursiva comunicación

Dirección de arte: Óscar Rivilla y Carolina Verd

Maquillaje y peluquería: Alba Glance y María Angeles Calvo para Guerlain

Moda: Maison Mesa

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