Susurro ante sus ramas, porque un árbol es un templo sagrado. Despidiendo al año 2020.

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“Los árboles me han dado siempre los sermones más profundos”, escribió Herman Hesse en su obra El Caminante: “Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, no desea ser más que lo que es”.

La artista y performer Marina Abramović defendía en Complain To A Tree elegir un árbol en el parque, permanecer un instante ante él y entonces susurrarle durante al menos 15 minutos, como una forma de curar heridas y estar más presente en el tiempo y en el espacio. “Escoge el árbol que te guste y sujétalo muy fuerte. Y pon tu corazón en él”. 

Porque, sin ni siquiera mirar al sintoísmo en Japón y a los goshinboku, un árbol será siempre un templo sagrado, con raíces que se hunden en la tierra y ramas que quisieran acariciar el cielo, mecido, en su flexibilidad, por el viento. Y eso he hecho. He escogido un árbol y le he susurrado lo que he visto y sentido en este año en el que el arte me ha ayudado a sobrellevar la vida, la ausencia, acompañándome a través de Bacon, Esteban Vicente, Anthony McCall, Gloria García Lorca, Chillida, Sempere, Torner, Berrocal y Chirino, Antonio López, Magdalena Abakanowicz, Blanca Muñoz, Francisco Leiro, Beverly Pepper y George Rickey, Jörg Immendorff, Rembrandt, Christo, Olafur Eliasson, Naum Gabo, las visitas al Prado, a ARCO, Gallery Weekend, etc. Una parte de mi voz y de la suya, la dejo aquí. 

He querido atrapar esa vida que se escapa

¿Quién no se ha sentido nunca atrapado en batallas con uno mismo? ¿Quién no se ha sentido alguna vez un personaje de una tragedia griega? He querido atrapar esa vida que se escapa. Mis manchas también hablan de mis paisajes interiores y, como el barro, guardo un recuerdo: una oda al viento, su paso jugueteando a través del zigzag. Verde, ocre, tierra, blanca, negra… Me instalo en una caja mágica, inmersa en un tiempo incesante no detenido y, en ausencia de ruido externo, deslizo los dedos a través de la luz y, ¡zas!… Como si de alquimia se tratara, todo parece contener los elementos primigenios constitutivos del mundo… Un día de este año, soñé que era devorada por un pulpo enorme. Mi sueño fue inspirado en la obra de Hokusai, ni la mitad de placentero que su grabado. Y me envolví en él, como en la poesía visual de Christo y Jeanne-Claude, efímera como soy… Túneles caleidoscópicos, lámparas de metales reflejantes, cúpulas geodésicas. Quizá, como dice Eliasson, la vida real no es solo lo que vemos, o la información que nuestros sentidos mandan a nuestro cerebro. Tal vez ahora aquí, frente a ti, puedo confesar que hay otro prisma, un prisma que quizá hasta ahora no era capaz de percibir.

Al igual que en las fotografías de Friedlander, siento el bullicio del despertar de una gran ciudad entre coches y transeúntes, entre escaparates y rascacielos. Todo suena a ritmo seco y polvoriento, como en los paisajes abrumadores del desierto de Arizona. Quizá también suena a soledad en una habitación de motel habitada únicamente por el ruido y la imagen de una televisión encendida. Escenas cotidianas que parecían estar a la vista, y que se convierten en extraordinarias y ajenas a toda sospecha de que vivían allí: a nuestro lado. 

De modo que la llama de la existencia no se desvanezca en la humanidad

Durante el confinamiento, soñé en recorrer espacios de arte, que es como sumergirme en la historia de la humanidad, donde se hallan las claves que nos hablan de nuestro pasado, de lo que ocurre en el presente y de aquello que nos proyecta en el futuro. Nunca he sido más consciente de la fragilidad del ser humano. La casa, el espacio que nos dio cobijo durante casi tres meses, pasó a formar parte de nosotros. El hospedado y su guarida se fusionaron, comprimiendo los hábitos y las maneras hasta forzar la disciplina de un pausado automatismo que algunos creerán cercano al que imaginan en los conventos. ¿Cómo afecta el confinamiento a la manera en el que un artista se plantea la creación de su obra? ¿Cómo va a afectar al mundo del arte y al panorama artístico? ¿A qué retos nos enfrentamos como creadores y como público ante esta nueva situación oscilante y desconocida, confusa y generadora de miedo? 

Me detengo. Todo cambia. Nada permanece. ¿Nada? “El arte debería asistirnos allí donde la vida transcurre y actúa: en el taller, en la mesa, en el trabajo, en el descanso, en el juego, en los días laborales y en las vacaciones, en casa y en la calle, de modo que la llama de la vida no se extinga en la humanidad” (Naum Gabo). 

Quizá por eso, me gusta habitar el azul. Como el del cielo que veo mientras susurro. El azul para mí es quietud, equilibrio. La sensación del azul no es fría. Me acompaña desde el primer recuerdo que tengo, cálidamente acogida y mecida por este color: prusia, ultramar, azul egipcio, índigo… El azul tiene sabor. Me sabe a libertad. A verano. Al tacto, es como el terciopelo. Al oído, como una melodía susurrada. Al olfato, fresco y profundo a la vez… El azul es redondo, ocupación serena. Azul eterno, interminable. Azul es el arte. Como dice Louise Bourgeois, “tienes que empezar en algún lugar, el color azul”… Y así empiezo el año 2021, mirando el azul, esperando un año mejor y un año de arte vivido con los cinco sentidos. 

Gracias a todas las galerías, museos, artistas y equipo que me han ayudado a realizar este trabajo, que me han apoyado y acompañado en este año.

Fotografía: Óscar Rivilla

Música: Electrophorus

Edición: Alexis Fernández en cursiva comunicación

Dirección de arte: Óscar Rivilla y Carolina Verd

Moda: vestido berenjena y vestido verde de Ernesto Naranjo

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