La fotografía de Lee Friedlander. Un mundo conocido convertido en extraordinario.

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Sus fotografías parecen como si sonaran a improvisación, a libertad, a ritmo desenfrenado,  a vibración de piano y trompeta… A jazz… Al bullicio del despertar de una gran ciudad entre coches y transeúntes, entre escaparates y rascacielos. A ritmo seco y polvoriento en los paisajes abrumadores del desierto de Arizona. Quizá también a soledad en una habitación de motel habitada únicamente por el ruido y la imagen de una televisión encendida.

Y es que, a través del objetivo de su cámara, el que es considerado uno de los fotógrafos fundamentales del siglo XX, Lee Friedlander (Aberdeen, Washington, 1934), presenta hasta el 10 de enero en la Fundación MAPFRE Cultura una exposición que recorre su trayectoria a lo largo de sesenta años. Todo un archivo visual compuesto por 350 imágenes -11 de ellas realizadas en España en 1964, y que se exhiben por primera vez-, desde su especial y curiosa mirada. Inusuales relatos iconográficos que contribuyen a interpretar la cultura de su país, Estados Unidos. A plasmar ese paisaje de las calles, del camino que se hace al deambular en ellas, compartiendo con aquel que observa su visión del mundo, su mirada crítica y esas metáforas visuales teñidas de aparente cotidianeidad que ofrece al espectador una lectura diferente de las cosas. Escenas cotidianas que parecían estar a la vista, y que, gracias a su peculiar filtro, se convierten en extraordinarias y ajenas a toda sospecha de que vivían allí: a nuestro lado.  

Little Screens: ¿Dolerá menos la soledad?

Su primer trabajo personal fue Little Screens (Pequeñas pantallas), publicado en Harper´s Bazaar en 1963 con prólogo de otro de los grandes de la fotografía, Walker Evans. La protagonista de esta serie de fotografías es la televisión, presente en los años 60 en todas las casas de Estados Unidos. Con esta colección de imágenes, Friedlander anticipa los problemas que han surgido en un mundo de “pantallas pequeñas” omnipresentes. Ponga una pantalla en su casa, llévela con usted de viaje y ¿dolerá menos la soledad…?

En las imágenes, la pantalla de televisión en una habitación desocupada es capturada por la fotografía para llenarla con su preeminente presencia. Una imagen reflejada de alguien que realmente no está ahí y que utiliza para transmitir una enorme sensación de vacío. 

Autorretratos en el paisaje de su fotografía

Además de cultivar el retrato de grandes figuras del jazz en esas portadas inolvidables de sus álbumes, y el desnudo (esa joven Madonna a finales de los años 70), otra de las características de la obra de Friedlander son sus autorretratos, donde parece romper aún más con las reglas clásicas de composición. Autorretratos en el paisaje de su fotografía. Su reflejo en el cristal, en un espejo, su sombra proyectada en encuadres precisos y cuidados. Destellos y fragmentos de su imagen que se mezclan con el espacio en el que está tomada la fotografía.

Y también esos temas elegidos casi como al azar, escenas cotidianas de un diario visual, el transcurrir del día en la ciudad, paisajes naturales, retratos familiares descritos a través de sus fotografías como nunca antes, de una forma no sometida a los cánones tradicionales de lo considerado bello y armonioso, sino con una mirada no convencional y un lenguaje propio. Un estilo clave para las siguientes generaciones que se materializó en aquella exposición, “New Documents”, en el MoMa (1967) y que compartió con Garry Winograd y Diane Arbus. Todo un salto para la nueva fotografía documental.
No soy un fotógrafo premeditado. ‘Veo’ una fotografía y la hago. Si tuviera la ocasión, estaría disparando a todas horas. No tienes que ir a buscar fotografías. El material es generoso. Sales y las imágenes te buscan a cada paso… Y es precisamente esa singularidad la que atrapa al espectador de su obra, lo inhabitual de su punto de vista. Un mundo conocido jamás visto antes de esta manera.

Fotografía: Óscar Rivilla

Música: Electrophorus

Edición: Alexis Fernández en Cursiva comunicación

Dirección de arte: Oscar Rivilla y Carolina Verd

Moda: La musaraña, tienda vintage.

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